sábado, 29 de enero de 2011

POR MÉXICO

Somos los dueños de nuestro propio destino, solo nosotros determinamos las prioridades en nuestra vida y somos quien con nuestro ejemplo dirigimos a nuestras familias. Si estamos inmersos en la mentira, en la violencia y en la indiferencia arrastraremos a los que nos rodean, dañaremos a la sociedad e iremos en contra de nuestra identidad como militares.
En esta ocasión quiero alzar mi voz ante ustedes, quiero mostrarles lo que mi espíritu siente, que mis palabras reflejen la preocupación de este soldado de la patria preocupado por la deslealtad y miseria de algunos hermanos nuestros que faltos de compromiso y olvidando el juramento hecho, han traicionado a las fuerzas armadas cosa que se traduce en la peor de las traiciones: la traición a México.
Está grabada en mi memoria aquella mañana que a la puerta del Heroico Colegio Militar, mi familia con lágrimas en los ojos me despedía, había tomado solo la decisión de servir a mi país. Caminaba por las calzadas que me llevarían a las aulas y dormitorios donde reforzaría los valores que desde la cuna me habían inculcado, donde con esfuerzo, sacrificio y muchas veces llanto forjaría el carácter que más tarde requeriría para afrontar las difíciles pruebas que la vida me tenía reservadas. En el nido como aguilucho aprendiendo de la ciencia y la técnica en las aulas, bajo el cobijo de la majestuosa bandera nacional que ondeaba gallarda, plena como recordándome el compromiso adquirido como mexicano. Convencido de que mi destino seria luchar por defender a mis hermanos, combatir por salvaguardar mi nación. Refrendando mi compromiso día a día y dispuesto a morir si así fuera necesario en pos de la patria. Posteriormente, como casi todos, superando obstáculos, especializándome, logrando posgrados hasta llegar a estar frente a los nuevos aguiluchos.
Han pasado ya algunos años desde que el Ejército Mexicano me abrió sus puertas y tristemente he sido testigo de cómo algunos de mis hermanos con quienes compartí las duras horas, primero en la escuela y luego en las unidades, han perdido su identidad y espíritu como militares, han sucumbido ante la falsa ilusión de una vida envanecida y fácil, de un camino plagado de oropel pero manchado por la sangre de nuestras propias familias y hermanos de armas. La indiferencia de la sociedad ante los problemas que a ellos mismos aquejan, la falta de compromiso de la mayoría han permeado a algunos de nosotros ¿será acaso que nuestra sociedad está tan perdida y agotada que ha desahuciado a esta gran nación? ¿Será que hemos envenenado tanto nuestro espíritu que nos ha doblegado hasta el último aliento? ¡No señores, juramos defender la patria hasta perder la vida! Y es momento de sacudir nuestras conciencias, es momento de retomar los ideales, de fortalecer los valores, de desmembrar a quien cobardemente entrega a su gente y denigra la honrosa imagen de los que verdaderamente amamos a este hermoso país.
Retomemos pues los valores que desde el seno de nuestras familias aprendimos, hagamos frente a la ignominia que se nos presenta con el escudo del honor y el sacrificio que aprendimos al inicio de nuestra formación castrense. No es simplemente con el enfrentamiento frontal y el empleo de las armas que legítimamente nos otorga la sociedad con lo que debemos defenderla, cada acto de nuestras vidas debe estar encausado a mostrarle a la colectividad que es mediante la práctica de los valores humanos que podemos cambiar el destino de nuestra patria. No es sencillo actuar de forma correcta siempre, no es fácil mantenerse integro ante la lluvia de venalidades que se nos presentan día a día; pero esa dificultad es la que hace que un soldado de la patria se diferencie del resto. Hagamos pues el mayor acto de heroísmo que puede existir, antepongamos los intereses de la patria por encima del beneficio personal, busquemos mediante la práctica de los valores enseñarles a nuestros hijos que el único camino que verdaderamente vale la pena en la vida es aquel donde el esfuerzo individual, el respeto por nuestros semejantes y el acatamiento de la ley nos lleva a vivir en paz y con dignidad.
No es cómodo ser soldados, nadie dijo que lo fuera, nadie nos engañó. Sabíamos que nos esperaban largas jornadas, que dejaríamos largos meses solas a nuestras familias, que no estaríamos presentes en los momentos importantes de nuestros hijos. Que habría mucha gente que no desearía tenernos cerca y nos ofendería; todos lo sabíamos y lo aceptamos, hagamos ahora que ese sacrificio valga la pena, que nuestras familias vean en nosotros a hombres y mujeres íntegros, que se esfuerzan por mejorar su entorno, por acatar las leyes y vivir en armonía. No esperemos grandes movimientos sociales para corregir los duros problemas de la nación, no son las grandes ideas políticas las que mejoraran la forma de vida del país. Somos cada uno de nosotros con nuestra actitud los que resolveremos los problemas. Quejémonos menos y actuemos más, de nada sirve señalar si no estamos dispuestos a cambiar primero nosotros. Demos orgullosos nuestras vidas para que cada mexicano goce de la libertad de hacer y decir lo que piensa.
Seamos pues punta de lanza del cambio estructural de la sociedad, demostrémosles a nuestros detractores que pese a la existencia de hermanos que equivocan el camino, la familia militar es más fuerte y más unida en la adversidad. Honremos la memoria de aquellos que han perdido la vida defendiendo la paz y la justicia social, y hagámoslo viviendo cada día como un verdadero soldado: con honor, lealtad y amor a nuestra patria; respetando la herencia y el pasado de grandeza de nuestra institución.  ¡HAGAMOSLO POR MÉXICO!



1 comentario:

  1. Lo confirmo Chema, eres grande, nos hacen mucha falta más ciudadanos como tú, valientes, que amen a su patria, que no tengan miedo de expresar lo que sienten por su país, pero sobre todo, que lo transmitan, gracias por compartir tu historia, haré lo propio.

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